La maquinita
Cuenta los billetes con fruición, con los ojos puestos en cada uno de ellos sin importarle sin son viejos o nuevos. Se deleita al tocarlos y sentir su textura en la yema de sus dedos. Desde chico le gustaba la plata, cuando ayudaba a su padre en el almacén familiar de Castelar. Todas las tardes, después del colegio, iba a darle una mano y el viejo lo dejaba a cargo de la caja.
Ya a los 8 años sorprendía a los clientes por su rapidez con los números devolviendo el cambio sin equivocarse. Doña Mabel, la vieja que vivía justo al lado del almacén, estaba maravillada con la habilidad de “Juancito” para contar el dinero con tanta celeridad. “Este chico, es rápido con la plata, va a llegar lejos”, decía la mujer de rulos siempre caoba cada vez que el niño prodigio le entregaba su vuelto.
A sus 33 años, Juan es cajero de una casa de cambio del Microcentro porteño. De lunes a viernes se sienta delante de la ventanilla y cuenta dinero durante seis horas. Billetes de aquí y de allá, con más o menos valor que otros, usados o sin estrenar, son parte de su mundo.
A diferencia de sus compañeros, Juan tiene las cotizaciones de las monedas del mundo en su cabeza. Rara vez usa la calculadora para deducir el tipo de cambio y nunca se equivoca. Por eso hay clientes que lo tienen como su cajero favorito. Él sólo pregunta cuánto quiere cambiar, a qué moneda y listo: en un par de minutos ya tiene cerrada la operación. Para los apresurados que creen que el tiempo es oro, Juan es una maquinita perfecta.
